lunes, 10 de diciembre de 2007

Comportamiento quijotesco de Max Estrella

Max Estrella es un poeta bohemio del modernismo; en vez de adaptarse a la sociedad que lo rodea y que él ve injusta prefiere ir contra suyo, luchando por sus ideales. Ahí es donde podemos ver su comportamiento quijotesco.
Al igual que hace Don Quijote al luchar contra los molinos de viento que para él son gigantes, Max se enfrenta a las grandes autoridades del país como puede ser la policía. En esta escena podemos ver como la policía detiene a Max por escándalo público, pero al llegar a comisaría cambia los roles -igual que hace muchas veces el Quijote- y dice que él es quien ha detenido a los dos policías.
Otro aspecto donde podemos observar el comportamiento quijotesco es que siempre va con su compañero Don Latino. Éste se asemeja a Sancho Panza. Don Latino representa todo lo contrario a Max Estrella, lo que hace resaltar todavía más su nobleza y su bondad. En la obra de Cervantes también vemos cómo Sancho Panza es todo lo contrario a la locura del Quijote.
Para mostrarnos las injusticias de la sociedad Max Estrella realiza un viaje por la ciudad pasando por los diferentes estamentos. Este viaje se puede equiparar al que hace Don Quijote por las tierras de Castilla.
Así podemos observar en Max Estrella diversos aspectos del comportamiento quijotesco.

viernes, 7 de diciembre de 2007

Bando

Estimados clientes:
Nuestro gimnasio siempre se ha caracterizado por ser uno de los más grandes y completos de ésta ciudad. Para mantener todas las instalaciones en perfecto estado siempre hemos contado con vuestra ayuda y comprensión. Pero el problema reside en que desde hace un par de meses hemos comprobado que ya no se respetan las normas. La gente se baña en el jacuzzi sin gorro y deja cabellos, deja basura irada por el vestuario e incluso entra con las deportivas sucias, rayando el suelo y estropeando máquinas.
Para que no ésto no vuelva a suceder se ruega a todos los clientes hagan uso correcto de las instalaciones. Queda prohibido entrar en instalaciones con agua (jacuzzi, picina)sin gorro; las bolsas de basura, restos de comida y demás deberán ir a las papeleras y no se podrá entrar en las instalaciones con calzado sucio.
Para que no vuelvan a surgir estos problemas y este bando sea cumplido por todos, se amonestara a aquellas personas que hagan caso omiso de las normas. Si la persona reincide en el incumplimiento de las mismas será sancionada a pagar los desperfectos o incluso se podrá proceder a su expulsión del gimnasio.
Barcelona, 26 de septiembre de 2007
Cristina Martínez. Directora general

El niño de piel oscura y mirada triste

Aquella fría y lúgubre mañana de diciembre, el niño de piel oscura y mirada triste se despertó a las seis, como otras tantas mañanas de su corta vida. Se vistió con los desgastados jerséis y los roídos pantalones que su enferma madre le había podido conseguir. Aunque le iban grandes, resguardaban bien del frío. Salió a la calle, donde los escasos rayos de sol que emergían por el horizonte intentaban en vano calentar el ambiente y donde millones de personas se lanzaban todavía soñolientas a sus trabajos.
El niño de piel oscura y mirada triste anduvo por entre oscuras y peligrosas callejuelas hasta llegar a los semáforos de una de las carreteras más transitadas. Allí, con su limpiacristales barato y los instrumentos ya viejos por el uso se dispuso a abordar cualquier coche durante los pocos minutos que el semáforo restaba en color rojo para limpiarles el parabrisas y conseguir esos pocos euros que todavía no sabía si podría llevar a su madre.
Insultos, miradas de desprecio o compasión, odio. Con eso y mucho más tenía que lidiar el niño de mirada triste día tras día.
¿Y a la hora de comer? Su obligación consistía en llevar la recaudación al gran jefe. Así que cogió sus cosas y fue hasta la vieja aunque lujosa casa donde el gran jefe vivía y a donde todos los niños llevaban el dinero. Allí a veces alguna buena persona les daba un plato con restos de comida. Aquél día no hubo suerte, así que de vuelta a los semáforos tuvo que engañar a su pequeño estómago con un chicle que una amable anciana de pelo canoso le había regalado mientras él, embobado, miraba todas las chucherías que llenaban los amplios escaparates de la tan deseada tienda y que él nunca había podido ni podría degustar.
Por la noche recogió sus cosas, volvió a la casa, donde esta vez le dieron cinco euros para que pudiera alimentar a su madre y sus tres hermanos pequeños. Cansado, el niño de piel oscura y mirada triste volvió a su pobre pero cálido hogar, donde su madre lo esperaba con un plato en la mesa con un par de patatas cocidas y un mendrugo de pan. Jugó un rato con sus hermanitos y en cuanto pudo se echó a dormir, y así recuperar fuerzas para poder, a la mañana siguiente, afrontar el duro jornal al que un niño de tan sólo siete años no debería estar acostumbrado.