Vivir como un perro. Si aplicamos esta expresión a 50 años atrás significaba vivir precariamente. Es decir, sucio, mal alimentado, desatendido... Pero por suerte, hoy en día esa expresión ya no suele significar lo mismo. Ahora los perros están alimentados por piensos elaboradísimos, son lavados con jabones carísimos, tienen juguetes y ropa e incluso pueden relajarse en SPA’s hechos para ellos.
Pero por desgracia no todos pueden llevar esta vida tan maravillosa. En países pobres los perros siguen llevando una vida llena de miseria. Pero en los países desarrollados también hay perros con vidas parecidas, o peores aún.
El señor X compró una cariñosa cachorrita Bulldog. Como todas las cosas nuevas, al principio le hacía mucha ilusión. Los perros a esa edad son muy graciosos, van todo el día investigando las cosas, no se separan mucho de ti por si se pierden y el aliento les huele a café con leche. En aquella época le daba paseos a diario y además, largos. Pero como todas las cosas nuevas, con el tiempo, perdió su gracia. Entonces el señor dejó de pasearla y optó por construirle una caseta en el jardín para que la Bulldog hiciese sus cositas por ahí y durmiera en su propia casa. Es una buena solución, sobre todo cuando hay otra cosa nueva en la casa que hace más ilusión: un bebé.
A partir de ese momento, todas las atenciones se las llevó el bebé, los cariños, los paseos, hasta la comida. ¿La comida? Sí, porque con el tiempo se fueron olvidando de que el perro que habitaba en su jardín, entre otras cosas, también comía. La Bulldog, luchando por no morir, gastó toda la energía acumulada en su cuerpo hasta quedarse en los huesos. Siendo tan cariñosa como era, se hizo amiga de los vecinos, que se encargaron de alimentarla hasta que un día el Señor X bajó al jardín y se dio cuenta que SU perro seguía allí, y vivo. ¡Ostras, ni me acordaba que estaba aquí! ¡Sí que aguantan estos perros sin comer ni beber! Entonces, sabiendo que después de meses sin comer el perro se tenía que alimentar, le pidió a un amigo que fuera un par de veces por semana a ponerle pienso. Entre los dos vieron que el perro ensuciaba todo el jardín con sus cositas y eso quedaba mal, así que la encerraron en su caseta, y allí ya podía hacer caquita y pis, que no ensuciaba nada –bueno sí, el poco espacio en el que a partir de ese momento tenía que vivir-.
Al poco tiempo, como no es suficiente maltrato lo que hacían con la ya cansada Bulldog, compraron otro perro, esta vez una Pastor Alemán de meses. Como era pequeñita cabía bien en la antigua caseta. Pero claro, un pastor alemán es más ágil que un bulldog, así que se subía a la caseta, saltaba al jardín, y como todos los cachorros, corría felizmente por el jardín. Hasta que un día se cayó a la piscina. ¡Qué mala pata! Con la fuerza de la juventud y los ladridos de ánimo de la Bulldog consiguió salir de allí. Entonces el amigo vio que era peligroso que la Pastor Alemán compartiera la casa de Bulldog y decidió encadenarla entre un barril que ahora haría de “casa” y unas piedras que harían el peso para que no se pudiera mover. Desde ese día, el pobre cachorro no ha podido correr más allá que el espacio que le da la cadena de, como mucho, un metro de largo.
Estos perros están alimentados (de momento), pero lo que les hacen es crueldad animal. Es vergonzoso que una persona se compre animales para tenerlos atados. Eso no es vida para nadie. Un perro tiene que poder correr, hacer sus cosas lejos de donde come, recibir una higiene mínima y un poco del cariño humano que tanto anhelan.
Es por eso que quizás su vida es peor que la de un perro callejero. El perro callejero se busca la vida, a éstos hasta eso se les niega.
domingo, 13 de abril de 2008
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